Aún no había sanado el espacio que quedó en mi pecho. No lo hiciste tú, sino yo misma. Me arranqué el corazón para que tú lo tuvieras.
No sentía dolor porque llenaste ese espacio con el tuyo. Mi corazón latía con tu sangre, lo cuidaste con delicadeza, ternura y cariño. Se sentía mejor que nunca y yo intentaba lo mejor que podía para hacer lo mismo con el tuyo. Por razones que no conozco, llegaste un día y me lo devolviste.
No entendía nada, pero con toda la delicadeza que fuiste capaz y con mucho cuidado, lo pusiste entre mis temblorosas manos y tristemente tuve que devolverte el tuyo. Te marchaste. Al percatarme de que no volverías, se me cayó de las manos y lo estropeé. No podía levantarlo... mis lágrimas impedían que viera en dónde estaba. Con el tiempo aprendí a levantarlo y ponerlo en su lugar, pero nunca regresó a ser el mismo mismo.

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