Nuestro "adiós" se disfrazó descaradamente de un "hasta luego", a mitad de la estación, donde el sonido de mi voz y la tuya se apagaba con el de los trenes y pasajeros.
Un último apretón de manos, triste, vacilante y tembloroso. Quiero decirte un montón de cosas, pero mientras escojo las palabras correctas, éstas pierden sentido hasta que finalmente no dicen nada.
Subo a mi vagón e intento no mirar atrás. Temo que mis impulsos me hagan saltar de él y quedarme. Deguello ése deseo y ahora su sangre mancha mis manos.
No entiendo porqué no suplicas que me quede contigo. En vez de eso... ¡Maldita sea! ¿ por qué sonríes? Detrás de la ventana sonríes.
¿No notas lo vacía que me siento? Una lágrima se escapó de casa y fue atropellada por un dedo veloz. El tren arranca y mientras nos despedimos con las manitas dejo atrás lo que más amo en la vida.
Unos minutos después me encuentro en mi frío y desconsolador asiento. El tren avanza velóz y no se detendrá. Y ahí me tienes, mirando al suelo sin mover la vista hasta que se me secan los ojos y luego se empapan de lágrimas otra vez. De pronto mi télefono suena y recibo un mensaje de tu parte, lo abro expectante y escucho tu voz en mi cabeza mientras leo: "Lamento no haber corrido a tu lado, no haber saltado a tu vagón y arrancarte de él". Al llegar a mi destino, vi la escena de terror más impactante de mi vida. Un hombre en nuestra estación de partida saltó y fue arrollado por otro tren.
22 de diciembre de 2011
18 de diciembre de 2011
Hasta nunca inocencia.
La pequeña le miró furiosamente y despedazó con ira aquél papel donde había escrito sus mayores deseos:
-¿Y? ¿A mi qué me importa que no existan los reyes magos?
¡No me interesa si esos idiotas son reales o no! ¡Me importa un bledo que las personas en las que confío me hayan mentido desde que tengo memoria!
¿Y qué si ya no existen para mi?
Me da igual no volver a creer en nada ni en nadie, de todas formas, ¿para qué les necesito?
¡¿Qué más me da si a partir de ahora no vuelvo a soñar con estrellas fugaces, pestañas que soplas y que cumplen tus deseos?!
Soy mayor y no tengo porqué creer en esas tonterías, ¡no tengo porque creer! ¿me oyes?
¡No tengo porqué creer en NADA!
¡ME IMPORTA BIEN POCO!
Y con lágrimas en los ojos, la niña salió corriendo, dejando tras ella, al estupefacto gordo de rojo... junto al árbol de navidad.
-¿Y? ¿A mi qué me importa que no existan los reyes magos?
¡No me interesa si esos idiotas son reales o no! ¡Me importa un bledo que las personas en las que confío me hayan mentido desde que tengo memoria!
¿Y qué si ya no existen para mi?
Me da igual no volver a creer en nada ni en nadie, de todas formas, ¿para qué les necesito?
¡¿Qué más me da si a partir de ahora no vuelvo a soñar con estrellas fugaces, pestañas que soplas y que cumplen tus deseos?!
Soy mayor y no tengo porqué creer en esas tonterías, ¡no tengo porque creer! ¿me oyes?
¡No tengo porqué creer en NADA!
¡ME IMPORTA BIEN POCO!
Y con lágrimas en los ojos, la niña salió corriendo, dejando tras ella, al estupefacto gordo de rojo... junto al árbol de navidad.
1 de diciembre de 2011
"Tus susurros se convirtieron en cantos y tus cantos en lágrimas, éstas se hicieron risas y esas risas combatieron mis miedos."
Aún no había sanado el espacio que quedó en mi pecho. No lo hiciste tú, sino yo misma. Me arranqué el corazón para que tú lo tuvieras.
No sentía dolor porque llenaste ese espacio con el tuyo. Mi corazón latía con tu sangre, lo cuidaste con delicadeza, ternura y cariño. Se sentía mejor que nunca y yo intentaba lo mejor que podía para hacer lo mismo con el tuyo. Por razones que no conozco, llegaste un día y me lo devolviste.
No entendía nada, pero con toda la delicadeza que fuiste capaz y con mucho cuidado, lo pusiste entre mis temblorosas manos y tristemente tuve que devolverte el tuyo. Te marchaste. Al percatarme de que no volverías, se me cayó de las manos y lo estropeé. No podía levantarlo... mis lágrimas impedían que viera en dónde estaba. Con el tiempo aprendí a levantarlo y ponerlo en su lugar, pero nunca regresó a ser el mismo mismo.
No sentía dolor porque llenaste ese espacio con el tuyo. Mi corazón latía con tu sangre, lo cuidaste con delicadeza, ternura y cariño. Se sentía mejor que nunca y yo intentaba lo mejor que podía para hacer lo mismo con el tuyo. Por razones que no conozco, llegaste un día y me lo devolviste.
No entendía nada, pero con toda la delicadeza que fuiste capaz y con mucho cuidado, lo pusiste entre mis temblorosas manos y tristemente tuve que devolverte el tuyo. Te marchaste. Al percatarme de que no volverías, se me cayó de las manos y lo estropeé. No podía levantarlo... mis lágrimas impedían que viera en dónde estaba. Con el tiempo aprendí a levantarlo y ponerlo en su lugar, pero nunca regresó a ser el mismo mismo.
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