18 de diciembre de 2011

Hasta nunca inocencia.

La pequeña le miró furiosamente y despedazó con ira aquél papel donde había escrito sus mayores deseos:

-¿Y? ¿A mi qué me importa que no existan los reyes magos?
¡No me interesa si esos idiotas son reales o no! ¡Me importa un bledo que las personas en las que confío me hayan mentido desde que tengo memoria!
¿Y qué si ya no existen para mi?

Me da igual no volver a creer en nada ni en nadie, de todas formas, ¿para qué les necesito?

¡¿Qué más me da si a partir de ahora no vuelvo a soñar con estrellas fugaces, pestañas que soplas y que cumplen tus deseos?!

Soy mayor y no tengo porqué creer en esas tonterías, ¡no tengo porque creer! ¿me oyes?
¡No tengo porqué creer en NADA!

¡ME IMPORTA BIEN POCO!

Y con lágrimas en los ojos, la niña salió corriendo, dejando tras ella, al estupefacto gordo de rojo... junto al árbol de navidad.

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